Frágiles, pequeñas, suave terciopelo;
afinan sus dedos, punzantes y largas transparencias.
En la palma se pierden los trazos del tiempo.
Cierro el puño pronto, para que no escapen, las caricias plenas que tanto han guardado, los besos al viento de mis labios
dados.
¡Estas manos mías, cuánto han suspirado!, por los ojos tristes, que con mis dedos he secado, por aquellos párpados, que tanto han
frotado.
Se quedó grabado en la yema de mi dedo el recuerdo tibio de algún otro dedo por una pestaña que quedó pegada, ¡a ver quién
ganaba!
¡Cómo volaban mis manos, en una danza incesante, a través de las agujas de algún tejido!, y esa sutil marca que quedaba en el dedo
y después se iba.
Lastima al frotar, la ropa en mis dedos, y la aguja insana, al coser me pincha, sin pudor la yema.
Las etéreas venas, asomándose tímidamente en el dorso de la mano, preludian la llegada del cansancio y los nervios cada vez que
pienso, cada vez que sueño.
¡Qué de remembranzas atesoran mis manos! Colmadas de besos, de alientos, de rostros amados.
Largo recorrido, han hecho mis manos. Sangre de otros cuerpos, el líquido humano, ha quedado ahí, prendido en mis
dedos.
Tantos cuerpos húmedos, secos, intranquilos, cálidos y fríos; contornos, siluetas, lugares ocultos, donde curiosos mis dedos se
posaron.
Los sudores, las esencias, los rincones desconocidos, han quedado enlazados a mis dedos.
Memorias de viajes, han quedado en mis manos, de verdes planicies, de árboles, sierras, de habitaciones
desiertas.
Mis manos, mis manos, ¡cuántos bellos libros han tocado!, y las sublimes melodías que han interpretado, con poemas de amor y
cuentos macabros.
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