Tuesday 31 march 2009 2 31 /03 /Mar /2009 03:01

Desperté pasadas las 12. La solitaria noche me invitaba a dar un paseo. Subí a mi bote y, como hipnotizado, me quedé mirando los juegos de la luna reflejados en el agua. De pronto, comencé a sentir que el bote se movía solo, muy despacio. Quise detenerlo, pero mis miembros se habían paralizado.
           
La barca siguió su marcha y, de repente, me encontré cerca de la desembocadura del río, a punto de caer al precipicio. El bote comenzó a ladearse más, y más y más; hasta que una inmensa ola me golpeó, perdiendo el conocimiento.
           
Al despertar, sentí el profundo ardor del sol sobre mi rostro. Miré alrededor de mí. Todo parecía sereno. La barca estaba en la orilla pero, sin embargo, no reconocía el lugar en donde me encontraba.

Apenas bajé del bote, me di cuenta que mis pies estaban desnudos.
          
Respiré la paz que me rodeaba. Comencé a caminar. La suavidad que sentía bajo mis pies servía para contrarrestar los rayos del sol que me calcinaban.
          
Repentinamente, me encontré caminando a través de un campo de maíz. Los rayos del sol herían mis ojos, sin embargo, continué caminando.
          
La visión de una cabaña cercana, hizo que me detuviera, pero en pocos segundos, algo me impulsó a correr hacia ella.
           
Al llegar a la puerta, volví a paralizarme, como si presintiera lo peor. Pero mi curiosidad pudo más y terminé abriendo la puerta con violencia. Lo que vi, superaba todos mis sueños más cálidos: una magnífica fiesta estaba comenzando.

Una bella muchacha se acercó a mí y estiró su mano invitándome a bailar.
           
Bailé, bailé y bailé y cuando por fin reparé en los ojos de la muchacha, me di cuenta que estaban llenos de amor.
           
Me miré los pies. Tenía zapatos nuevos, brillantes, y no solo eso, todo mi atuendo había cambiado y, también, el de ella.
           
Nos preparábamos para una boda: la boda de los dos.
           
Cerré los ojos. Sentí sus brazos rodeándome y el calor de sus labios sobre los míos. Su piel de terciopelo y el perfume de su cabello me hicieron sentir mareado de ternura. Me descubrí besándola en los ojos, en la frente, en la frágil nariz. Podía sentir su respiración y la mía, agitadas ambas por la misma emoción.
           
Súbitamente, me miré a través de sus ojos y me di cuenta que algo había cambiado. Sus ojos, antes brillantes, ahora aparecían opacados por el dolor. Bañada en llanto, gritaba mi nombre. Crispada y nerviosa, se agitaba frágil como hoja de árbol de otoño. Sangre a borbotones caía sobre su cabello, su puro vestido, su rostro, sus manos…, entonces, di vuelta mis palmas hacia arriba y me encontré con la misma sangre.
           
El inmaculado vestido de mi amada, dejó al fin el blanco y se volvió negro.
           
Una procesión pasó junto a mí cargando un féretro. Durante el funeral, me acerqué a mirar el cuerpo. Luego, todo se desvaneció.
           
Salí de la cabaña muy lentamente. Algo había cambiado. Volví a mi bote. Todavía era de día.         

Nuevamente, las aguas lo guiaron solas, pero esta vez, no intenté detenerlo, solo me dejé llevar. 

Estaba relajado.

Sabía bien adónde iba.

Por Dama T - Publicado en: Cuentos
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Tuesday 31 march 2009 2 31 /03 /Mar /2009 02:59

Sentada en el piso, Marcia miró la dorada estrella colgada en la puerta y, mientras seguía los movimientos que el viento le infligía haciéndola brillar con cada giro, cerró los ojos y recordó.

Lo había conocido durante una estadía en  Florencia. Era julio. El sol quemaba como leño ardiente. Absorta con los cuadros de la Galleria degli Uffizi no se percató de su presencia. Él se acercó y tocó su hombro. Sus ojos azules la estudiaron con gran interés. Eduardo era un hombre delgado, alto, de cabello corto, lacio y negro. Le contó que era arquitecto y que estaba en Florencia por un trabajo que le habían encomendado hacer desde su estudio en Buenos Aires. Conversaron de arte, de literatura y música. Tomaron algo por ahí y así empezó todo.

Abrió los ojos. Le dolía recordar lo que venía después, pero era necesario, imprescindible para saber realmente el por qué de aquella locura.

Cerró los ojos nuevamente y se sumió en los recuerdos. Habían pasado buenos y largos momentos juntos. Poco a poco la relación se volvió más estrecha, más cálida y apasionada. Con los ojos cerrados recorrió con la punta de los dedos sus brazos, recordando sus caricias, se tocó los labios recordando sus besos. ¡Oh, aquellas noches en aquel hotel en donde sus cuerpos se enredaban dando mil vueltas, jugando como niños, destapándose a veces, riéndose, despertándose con más y más caricias!

¡Qué felicidad tan perfecta, tan suprema, tan deliciosa, tan dulce! Pero como todo, la felicidad es efímera. Iban de fiesta en fiesta; a veces tomaban de más, volvían borrachos y se entregan al éxtasis que les provocaba estar juntos. Luego, empezaron las drogas y cayeron en un abismo profundo. Él comenzó a enfurecerse. La insultaba y le pegaba con furia. Ella no comprendía lo que estaba sucediendo. Sus ilusiones se destrozaban, su hermoso mundo se desmoronaba. Nunca le había preguntado nada, ni le había pedido promesas. Entonces comenzó a indagar, a querer saber más de él. Descubrió que su odio era producto de sus frustraciones, de un pasado penoso, agobiante, y de un presente aún peor.

Eduardo estaba casado desde hacía un tiempo con alguien a quien no amaba pero a quien le debía mucho. Tenía dos hijos a los que adoraba y que le hacían olvidar la tristeza que había en su corazón. Pero estaba cansado. Su vida no había sido fácil. Transitaba por un camino que no era el suyo.

¿Pero cómo salir, cómo poder elegir entre el deber y el corazón, entre la razón y los sentimientos? ¿Cómo saber lo que es correcto? Trató de ayudarlo, pero era inútil, él no la escuchaba o hacía que la escuchaba, nunca le hacía caso. Los golpes siguieron, y también los insultos. Le preguntó si la amaba. Eduardo reía y no paraba de hacerlo, y todo quedaba ahí.

Marcia comenzó a drogarse en demasía, se entregó en brazos de cualquier hombre buscando la felicidad que le faltaba.

Cayó en un oscuro círculo de vicio y perdición. Florencia ya no significaba más que dolor para ella. Fue entonces cuando conoció a Ángel, un argentino residente en Italia desde hacía un tiempo. Con él creyó haber encontrado la paz que tanto necesitaba.

Ángel la encontró en la Piazza della Signoria. Se sentó a su lado y al querer ella levantarse para irse, se desmayó. Él la llevó inmediatamente al hospital.

Ahí la “limpiaron” y estuvo internada por varios días. Ángel la iba a visitar y le llevaba flores.

Empezaron a conocerse. Él le contó que era pintor, pero que en Buenos Aires no había sido reconocido, por lo tanto en cuanto pudo se “mudó” a Florencia y las cosas empezaron a cambiar. Se casó con una italiana y al poco tiempo obtuvo la residencia. Luego se divorciaron. Marcia lo oía muda,  pálida.

Poco a poco empezó a confiar en aquel hombre con la esperanza de que él fuera el salvador que la sacaría de su angustia. Comenzó a contarle su historia, el calvario que estaba pasando. Ángel se compadeció de ella y al salir del hospital le ofreció techo y comida a cambio de que posara para él. Ella aceptó encantada, no sin antes decirle que debía ver a Eduardo por última vez para decirle que lo abandonaría para siempre. Él la comprendió y le dijo que fuera prudente y le demostrara seguridad sin sentir temor alguno. Marcia siguió los consejos de Ángel e hizo oídos sordos a los insultos, a las risas y a los malos augurios de Eduardo diciéndole que nunca sería feliz. Se marchó de ese lugar y comenzó una nueva vida con Ángel. Posaba para él a veces en el atelier, a veces en algún parque. Viajaron a Verona, a Nápoles, a Venecia. Todo era maravilloso. Él se inspiraba con cada paisaje, con cada aroma, con cada rostro. Marcia terminó entregándose a Ángel, pero no podía olvidar a Eduardo. Había pasado un año desde que lo abandonó. Para Ángel todo era agradecimiento. Ella hacía que sus noches fueran intensas; era su manera de pagarle todo lo que había hecho para ayudarla. Él la amó, ella no. Se casaron en una noche tibia de Marzo. Al poco tiempo quedó embarazada, pero el bebé murió al nacer, víctima de la cianosis. Nunca se recuperó de aquello, y entre el dolor de la pérdida y el recuerdo imborrable de Eduardo, volvió a caer en la droga. Se prostituyó y robó para conseguirla. Cayó enferma y casi muere.

Debido a las flagelaciones a las que se sometió para conseguir la droga ya nunca más podría volver a tener hijos. Ángel soportaba, soportaba y soportaba. Trató de alejarla de todo eso, pero ella se sentía frustrada como madre y como amante, pues el recuerdo de Eduardo aún la perseguía. Marcia pasaba largas horas tirada en la cama, queriendo dormir y no despertar jamás. Ángel no podía soportar verla así. Su hermoso rostro desencajado, su largo cabello negro enredado y opaco descansando desprolijamente sobre la almohada, su extremada delgadez, sus ojos sin vida. Recordó las veces que la había pintado desnuda, vestida, sonriente, sensual; las bellas formas que había recorrido con su mirada, con sus dedos, con su boca y aquellos ojos verdes tan transparentes, cristalinos y brillantes. Y también, recordó el día que decidió que ella debería estar en cada paisaje, pues sin Marcia se veían vacíos y sin luz. Ella era su musa, su sol, la que le daba fuerzas para levantarse cada día y seguir pintando. Y aunque le dolía que los días terminaran tan pronto, disfrutaba cada momento que pasaba al lado de Marcia. Y aún viéndola en el estado que estaba, todavía seguía amándola. Todavía la deseaba.

Trató de ayudarla. La visitaron médicos, pero ella rechazaba los consejos, no quería curarse, solo quería morir.

Una mañana, Ángel salió por un momento porque necesitaba unas pinturas para terminar una obra y, al regresar, ella ya no estaba. No pudo soportarlo. Destruyó su atelier y quemó las pinturas en donde estaba Marcia. Nunca más volvió a pintar.

Marcia vagabundeó por varias horas por calles solitarias, queriendo escapar de todo y de todos.

Entró en un bar oscuro y escondido, en una zona casi muerta. Pronto encontró a alguien que le pagó unos tragos y le ofreció albergue a cambio de su compañía: era una mujer.

Antonella era suiza. Recordó que fue la única que realmente la había comprendido. Fueron amigas y amantes y disfrutaron mutuamente de las caricias y de las cálidas tardes de agosto. Gozaban de cada amanecer, mientras el alcohol corría desenfrenadamente por sus venas. Por las noches, Marcia despertaba mirando la brillante estrella que colgaba en el pecho de Antonella. Marcia la tocaba y Antonella despertaba y la abrazaba con fervor. Antonella era fotógrafa y Marcia se divertía con sus ocurrencias. Pronto se acercó el tiempo de la separación. Antonella debía volver a Suiza pues su madre estaba gravemente enferma. Quiso llevarse con ella a Marcia pero ésta prefirió quedarse en Florencia, no quería arruinarle la vida a Antonella, pero no se lo dijo, ni tampoco le contó su triste historia. Antonella  le dejó su estrella para que nunca se olvidara de ella. Ella la colgó en su cuello y luego se separaron.

La fuerza que Antonella le había dado le sirvió a Marcia para recuperarse. Dejó las drogas y buscó trabajo como modelo de pintores a cambio de techo y comida. Volvió a recuperar sus formas y a volverse más atractiva, y gracias a esto pudo posar para varios pintores. Por boca de uno de ellos se enteró que Ángel había dejado de pintar y que al poco tiempo se había suicidado, preso de la angustia y la depresión. Marcia intentó ser fuerte, pero la noticia la había destruido. Sin embargo, volvió a encontrar refugio en los brazos de otro pintor que no le permitió caer nuevamente en lo mismo. La convenció de dejar el alcohol y de hacerse tratar por un médico. El tiempo pasó y Marcia se curó, pero decidió volver a Buenos  Aires, ya que Italia le traía malos recuerdos. Se despidió del pintor y  tomó un vuelo sin escalas hacia su tierra.

Al llegar, buscó trabajo y lo consiguió enseguida. Estaba bien preparada, era una contadora muy eficiente y sagaz. Con el correr de los años se convirtió en gerente de la empresa para la cual trabajaba.

Un día, caminando por las calles de San Telmo, se encontró con Eduardo. Estaba muy cambiado. Tenía el cabello largo hasta los hombros, su rostro tenía un color diferente y sus grandes ojos azules brillaban con una luminosidad que Marcia nunca antes había visto. Él la invitó a tomar algo y ella aceptó.

Ya no le guardaba rencor, se había olvidado de lo que sentía por él, o mejor dicho, ya no sentía nada. Eduardo le contó que por fin después de muchos años había decidido divorciarse y al poco tiempo conoció a alguien que le cambió la vida. Volvió a casarse, renunció a su trabajo y empezó a estudiar lo que realmente le gustaba: psicología. Consiguió otro trabajo y en el medio tuvo un hijo. Su mujer era escritora. La adoraba, al igual que a su hijo. Le pidió disculpas a Marcia por todo lo que la había hecho sufrir. Marcia lo escuchó y aceptó sus disculpas. De todas formas, había pasado mucho tiempo y ya no le importaba. Ella había comenzado otra vida y él era parte del pasado. Ella le contó cómo había avanzado en su trabajo y nada más que eso. Él la felicitó y luego se despidieron. Nunca más volvió a verlo.

Al llegar a casa se desplomó en el sofá. Encendió el televisor sin verlo, mirando sin mirar. Ningún hombre rondaba por su vida. Había decidido dedicarse pura y exclusivamente a su trabajo. Se había vuelto dura. Todavía era atractiva y muchos hombres se le acercaban pero ella los rechazaba. Prefería estar sola y sin ninguna preocupación. Su pasado había quedado enterrado. Se alejó de todo aquello que le hacía recordar los terribles momentos vividos. Dejó  de visitar museos y  bares; se deshizo de los cuadros que colgaban en la pared. Esporádicamente iba a comer a algún restaurante, pero en general pedía comida y se quedaba en casa mucho tiempo. Por las noches pasaba largas horas mirando hacia el infinito, como buscando algo que no lograba hallar. A veces trataba de no pensar, porque a pesar de todo, los recuerdos volvían.

Cuando esto pasaba se acostaba temprano o trataba de ocupar su mente leyendo algo. Los fines de semana se volvía hiperactiva: cambiaba los muebles de lugar una y otra vez, limpiaba sobre lo limpio, y miles de cosas más, hasta que caía agotada sobre el sillón. Los domingos se metía en algún shopping y compraba ropa, compact disks, libros y tomaba un café o comía algo. Se la pasaba todo el día allí y volvía a la noche.

En uno de esos lugares se encontró con un pintor Argentino para el que había posado en Italia.

Franco había sido amigo de Ángel, le dijo que había logrado rescatar algunas pinturas de él pues solo había quemado aquellas en donde estaba ella. Ángel le contó esto a Franco en una carta que había escrito antes de morir, y en ésta también le pedía que por favor le diera a Marcia las pinturas para que las conservara. Franco la había buscado, pero ella ya se había ido, por lo que terminó conservándolas él.

Marcia aceptó acompañar a Franco hasta su casa para que le diera las pinturas, pues a pesar de todo respetaba la voluntad de Ángel. Eran miles, así que Marcia decidió contratar un flete. El fin de semana siguiente las pinturas estaban en su casa. Franco le había dado la carta a Marcia para que la leyera, ya que había muchas cosas dedicadas a ella. Se sentó en el sofá y leyó. Las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos cansados. Él la había amado con todo su corazón y todo se lo había perdonado.

Sabía lo de las drogas, sabía que se entregaba en brazos de otros hombres, sabía que no lo amaba, y había callado, solo porque no podía estar sin ella. Marcia lloró por horas, porque había perdido a un hombre bueno, a un hombre puro, a un hombre que la adoró incondicionalmente. Sus cuadros estaban desparramados por toda la casa, ya que Marcia no había decidido todavía lo que haría con ellos, pero después de leer la carta no tuvo más dudas. Comenzó a colgar los cuadros uno por uno. Le llevó todo el día, pero no quiso parar hasta haber colgado el último. Terminó agotada, pero feliz. La voluntad de Ángel había sido cumplida y él se lo merecía.

Decidió escribirle a Antonella mandándole su dirección en Buenos Aires, pero nunca obtuvo respuesta. Su vida empezó a cambiar. Salió más, visitó museos, conoció a gente nueva, hizo amistades, organizó reuniones en su casa y fue invitada a reuniones en casas de amigos. Su vida comenzó a tomar color. Con el tiempo asumió la dirección de la empresa para la cual trabajaba. Por esa época conoció al que sería su segundo marido: un médico muy reconocido y respetado por sus colegas. Armando era divorciado y tenía tres hijos. Había ido varias veces a la empresa en donde Marcia trabajaba pues allí, se ocupaban de sus finanzas. Se casaron y vivieron en la casa de Marcia. Compartían muchas cosas: el gusto por la pintura, por la literatura, por la fotografía. Tenían largas e interesantes charlas. Ella le contó sus miserias, sus frustraciones, su imposibilidad de tener hijos, los hombres que habían pasado por su vida. Él le contó sobre su padre, sus intentos y ruegos para que él lo ayudara con el trabajo en el estudio de abogacía y para que estudiara esa carrera, las súplicas de él para hacerle entender a su padre que no era eso lo que quería, y por fin la batalla ganada y sus primeros pasos en la facultad de medicina. Le contó de su ex, de cómo la había conocido y de lo buenos amigos que eran, que se llevaban mucho mejor que cuando estaban casados. Le habló de sus hijos y de lo inteligentes que eran y de las buenas calificaciones que se sacaban. Marcia lo quería mucho; era un buen hombre, le transmitía seguridad, pero nunca le dijo que lo amaba, pues no era cierto. Ella sabía que él si la amaba y cuando Armando le preguntaba ella le decía que lo quería mucho. Con él se sentía tranquila y en paz. A veces rompía en llanto, entonces Armando la abrazaba en silencio hasta que se le pasaba.

El tiempo pasó y las cosas cambiaron. La salud de Franco se empezó a deteriorar debido a una enfermedad terminal. Habían pasado cinco años desde su matrimonio. Ella estuvo a su lado hasta el último momento. En el sepelio conoció a su anterior esposa y a sus hijos. Eran buenas personas. La saludaron y se dieron el pésame mutuamente. Prometieron visitarse.

Al regresar a casa encendió el televisor y se quedó dormida. Abrió los ojos. Recordó que habían pasado dos años desde la muerte de Franco. Lo había llorado mucho, como siempre había llorado todas las pérdidas.

Repasó mentalmente todo lo que había vivido, esta vez lo hizo rápidamente. Los fragmentos de su vida ya no eran confusos, las cosas se veían ahora con más nitidez. Reconoció sus errores, las cosas buenas que había dejado pasar por aferrarse a algo que no valía la pena, por ilusiones vanas, sin sentido.

¡El tiempo qué había perdido, qué había desperdiciado, qué había derrochado mientras se sumía en un mar de alcohol y drogas! Y todo para qué…, solo para seguir sufriendo. Los minutos pasados al lado de hombres que no valían ni un centavo, las torturas a las que se sometió para solventar su vicio y que le llevaron a no saber nunca lo que sería sentir una vida en su vientre, el hombre que le podría haber enseñado a conocer el amor, pero al que despreció por el recuerdo de un amor no correspondido, el vacío en su interior y por fin, la cura. Pero esa cura no había sido solo la que  experimentó antes de irse de Italia; la cura completa fue después de la carta de Ángel, después de colgar sus cuadros y de salir de su casa a hacer lo que más le gustaba, aquello vedado en su vida, aquello que se prohibió hacer durante mucho tiempo. Esa fue la verdadera cura. Sin embargo, no pudo volver a amar. Eduardo le había quitado esa capacidad. Ya no podía entregarse por entero a nadie. A pesar de que daba, daba y daba no podía ser completamente feliz. De todas formas, se sentía en paz consigo misma, porque había luchado, había salido y había vuelto a conocer a un hombre bueno que la contenía. Aunque no pudo amarlo, no se arrepentía de haberse casado con Franco, ni se arrepentía de no haber adoptado un niño, aunque Franco se lo había sugerido.

No era eso lo que quería. No se sentía íntegra, no le servía si no podía sentirlo en sus entrañas.

Los momentos vividos le sirvieron para valorar cada instante. Se dio cuenta de todo el tiempo que tenía por delante, de todas las cosas que aún le restaban hacer. Había logrado mucho.

Tenía una carrera exitosa, un porvenir repleto de oportunidades; podía hacer muchas cosas porque no le faltaba talento. El mundo estaba ahí, esperándola, queriendo saber de ella. Podía hacer lo que quisiera mientras se lo propusiera y sabía que lo lograría, que podría salir adelante sin que nadie se lo impidiera. Ya no había obstáculos, solo metas por alcanzar. Miró de nuevo la estrella que colgaba en la puerta. Se levantó y se acercó a ella. Se la colgó en el cuello. De repente, sintió como que algo le faltaba. No se sentía completa, plena.

El timbre de la puerta la sacó de sus cavilaciones. Abrió la puerta y sus ojos brillaron: allí estaba la respuesta a aquello que le faltaba. Extendió los brazos y exclamó: “¡Antonella!”                         

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Tuesday 31 march 2009 2 31 /03 /Mar /2009 02:57

         Se encontraba encerrado allí, rodeado de pálidas paredes, y de la tenebrosa  soledad.

Se quedó mirando las superficies blancas que lo asfixiaban. Las recorrió una a una con sus fatigados ojos. Se levantó lentamente, se acercó a la blancura, la tocó y, mimetizado debido a su vestimenta, se volvió parte de ella. En el pasillo se encontró con los tripulantes de esa nave demencial, cargada de furia.

Expresiones de dolor en rostros desesperados, atormentados, eran su compañía. Rodeado de vampiros, se sintió más a gusto en su prisión. Sintió que era devorado por miles de pensamientos tortuosos, pero encontró consuelo en las bandadas que comenzaron a revolotear a su lado. Corrió, y extendió los brazos hacia la libertad que lo esperaba en los verdes prados, fuera de  las macilentas murallas. Afuera lo esperaba la oscuridad, su amiga fiel. Se perdió entre la bruma y volvió a aparecer, acompañado por su séquito de vampiros librados al fin, de los empalidecidos muros. Sediento robó, la inocencia de las vírgenes y la risa de los niños; en nombre de su inmortalidad, de su codicia carmesí, destruyó todo lo que quedaba de bueno en mujeres e infantes, los obligó a ser como él, a abandonar lo humano, y ser eterno instinto de sangre. 

Levantó la vista.

La puerta se abrió.

Alguien, una cruz, una estaca y la luz, entre paredes blancas. Un reloj de arena en su mano.

Su tiempo había terminado.

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Tuesday 31 march 2009 2 31 /03 /Mar /2009 02:54

 

¿Hacia dónde me conducía ese lugar?  ¿Por dónde iba?  ¿Hasta dónde llegaría?  ¿Sería mi destino tal vez, caminar hacia el infinito, sin rumbo fijo, por un camino sin salida, sin principio ni fin? ¿Acaso era yo quien caminaba, o solo era un espectro?  Tal vez solo era un reflejo de mi imagen en el espejo, un fantasma, algo lejano, incierto y oscuro, algo que iba más allá de mí, de mi entendimiento y mi razón, fuera de mí, remoto e inconsciente, una especie de ímpetu que me llevaba más allá... .

A la distancia, alcancé a distinguir una imagen, no era vívida, pero sí brillante. Quise acercarme, pero sentí que me alejaba. Mi respiración era frenética, mi pulso se aceleraba. ¿Adónde iba? Quién sabe, quién...; quién podría saber si llegaría. Sentía que estaba cerca, pero en realidad me alejaba. Sudaba. Ya casi no sentía mis piernas; el corazón me latía con fuerza, pero no conseguía llegar, no llegaba, no llegaba... ¿Adónde iba?  Estaba tan cerca y no podía, retrocedía, sentía que retrocedía, y no podía ver, no podía, y no podía; pero seguía. Tenía que estar ahí. Y seguía.... No temía. ¿A quién? ¿A qué? ¿Hasta dónde llegaría? 

Las venas de mi sien estaban a punto de estallar. Estaba excitado, expectante, tenía que hacerlo, debía ver, necesitaba ver. Más allá, más allá... Y no llegaba... . Quería correr, y no podía. Estaba paralizado, como en un sueño, un loco sueño.

Intenté estirar mis brazos. Mis manos querían llegar, aferrarse, alcanzar a tocar, a rozar aquello, aquello... .

Lo sabía, tenía que estar allí, debía estar allí. Lo necesitaba. Estaba tan cerca... . Presentí que debía suceder algo, algo tenía que pasar. Y de repente..., sucedió. Y entonces comprendí; comprendí por qué estaba allí, y todo llegó hasta mí como en una oleada, y llegué hasta la luz y lo vi; pude alcanzarlo, era tan vívido y real...; era casi inimaginable, pero palpable, suave, hermoso. 

Y su brillo llegó hasta mí, y me cubrió lentamente, como si quisiera que lo disfrutara poco a poco...

Súbitamente, mi cuerpo se paralizó. Y entonces comprendí, que ya todo había acabado, y que ya nada sería igual. Mi respiración se normalizó y también mi pulso. Ya no sudaba. Todo se cubrió de calma y silencio.

Mi alma estaba en paz. 

Por Dama T - Publicado en: Cuentos
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Perfil

  • Dama T
  • El blog de Sandra Simone
  • Escribir
  • Entre los años 2003 y 2004, publiqué varios de mis poemas en las siguientes antologías: Poetas y Narradores Contemporáneos 2003, Letras Argentinas de Hoy 2003, Letras al Viento 2003, Homenaje a Oliverio Girondo, Latitudes Literarias.

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